Había una vez una nena, que con sus ojos marrones oscuros, dormía día y noche. Quería despertar del sueño eterno, y a causa de este deseo utilizó su peor pesadilla. Se levantó exausta y rechillando sus dientes comenzó a temblar. Buscaba la salida, pero nada encontraba. Rodeada de puertas trabadas con clavos oxidados y madera húmeda, intentaba abrirlas con las invisibles de su pelo largo ondulado y anaranjado. Era imposible. La nena estaba destinada a volver a su cama; a ese catre sucio y empapado por la lluvia que el techo, mal hecho, dejaba pasar. Volvía a oscurecer y ella insistía aún con sus uñas quebradas en entrar por esas puertas. No sabía con qué iba a encontrarse, y lagrimeaba de miedo pero la curiosidad y el capricho fueron más fuerte que su miedo. ¿Acaso le quedaba algo por perder? Ah, sí. El príncipe que usaba anfetaminas para soñar, porque su realidad era bosta de caballo; el mismo que se maquillaba en el espejo de oro para que nadie notase sus lágrimas, la palidez de su rostro que demostraba el pésimo estado físico y anímico en el que se encontraba.
La nena recordó la frase del príncipe "nuestro amor será leyenda, hablarán de nosotros, ya verás". Sintió un cosquilleo por sus piernas, y comenzó a gritar por él. Exclamaba su nombre, como si le implorase a Dios un beso, un abrazo. Rezó bastante, y adormecida proclamó justicia. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Cuánto? ¿Dónde?
¿Por qué estoy acá?
¿Cómo fue llegué? ¿Cuándo?
¿Cuánto más estaré? ¿Seguiré durmiendo?
¿Dónde miércoles estoy?
la nena se durmió y un profundo sueño la revistió.
Me pregunto porqué creo la historia que siempre me relatan antes de dormir. Le pongo toda mi Fé al lobo, que cuenta con entusiasmo y delicioso placer lo maravilloso que es el bosque en primavera, y termina devorándome como a caperucita roja.
Forcejeamos, nos lastimamos y después me vomita.